sábado, 21 de marzo de 2026

Camino de Emaús




De entre las escenas del Evangelio, posiblemente pocas sean tan apropiadas para la meditación como la aparición de Jesucristo resucitado a los discípulos de Emaús.

Narrada en el Evangelio de San Lucas (capítulo 24, versículos 13 a 15), es fácil ir imaginando los sucesos, contemplándolos como si estuviésemos allí, como si fuésemos uno de aquellos dos discípulos. Y, en consecuencia, vernos muy cercanos a la figura del Caminante que se hace el encontradizo y que dialoga con nosotros.

Así hasta los compases finales, ya en Emaús, cuando Jesús se desvela y los discípulos regresan apresurados a Jerusalén como testigos de la Resurrección.

Copiamos la narración de San Lucas, precedida por el enlace a una meditación escrita sobre este pasaje evangélico.




Evangelio (Lc 24,13-35)

Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo:

—¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?

Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

—¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?

Él les dijo:

—¿Qué ha pasado?

Y le contestaron:

—Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.

Entonces Jesús les dijo:

—¡Necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?

Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante. Pero le retuvieron diciéndole:

—Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo.

Y entró para quedarse con ellos. Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro:

—¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían:

—El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaban lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.








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